Corre el mes de Setiembre del año 1820. Los ánimos políticos están caldeados por la llegada de un general argentino junto con su brigada a las costas del litoral. La tensión se generaliza con la aparición de los primeros rumores acerca de una revolución.
Sin embargo, mucho más adentro, a quince kilómetros de la tierra de Puno ocurre todo lo contrario. Un bullicioso grupo de muchachos y muchachas que gritan, saltan y conversan a viva voz recorren una de las más misteriosas fortalezas que los ancestros habitantes de esas tierras hubieron dejado. La fortaleza Tiawanaku.
La convergencia de jovencitos de ambos sexos era una completa rareza para la época; sin embargo dicha licencia se daban las familias de la élite limeña, familias que por lo general tenían tratos con la corona española, o, la que menos, con alguno de los virreyezuelos que de tanto en tanto visitaban la capital.
Correctamente uniformados, las corbatitas, las camisas, las boínas, y el saco reglamentario generaban tal calor, que las gotas de sudor chorreábanse discretamente por entre las sienes de los mozuelos, mezclándose con la tierra, dibujando líneas de expresión en los rostros jovencísimos de los jóvenes ricos.
Un grupo de ellos está reunido en la parte baja del tempo, observando con mucha curiosidad una pelea.
Un puñetazo pega en la mandíbula de alguien. La sangre comienza a correr. El golpeado ahora pide perdón levantando los brazos sobre el suelo, donde ahora yace tendido.
Antonio, que está sobre él, ahora con el cabello sucio de paja de la puna, cubierto de tierra y bañado por el sudor compactado por el uniforme escolar, baja el puño ensangrentado. Esboza una sonrisa de satisfacción y tiende la mano a su rival.
— ¿Una mano amiga?
El vencido se ríe bajando la cabeza:
— Me lo tengo bien merecido, te pido perdón.
Antonio, de 17 años, es un joven de suaves modales y dulce temperamento. Sin embargo sus continuos estallidos de furia sorprendieron no a pocos en las últimas semanas.
— Cállate, estoy harto de ti. ¡Vete ya!
Los compañeros le miran atentos con una mezcla de temor-admiración. Antonio se levanta, se seca el sudor que cae sobre su frente, coloca una pajilla entre sus dientes, y se retira solo con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón corto mirando sus sucios zapatos.
La tranquilidad retorna al grupo. Los chicos están otra vez enamorando a las chicas, obsequiándoles flores. Otros patean una pelota improvisada un poco más allá. No falta un sacerdote reprendiendo con furia a alguno de los jóvenes, ni una monja celando a sus protegidas.
Ya solo, apoyado en la base de una plataforma de piedra, se encuentra Anotonio mirando hacia el horizonte. Juguetea con su memoria. De tanto en tanto vienen recuerdos bonitos, esboza una pequeña sonrisa; de tanto en tanto malos recuerdos, y su mirada se pierde en el infinito; otros graciosos, y se ríe a escondidas… Pero en lo alto de la plataforma descubre la silueta de alguien, alguien que parecía llevar ahí mucho más rato que él y los demás.
La silueta no se movió un solo milímetro en más de cinco minutos, tanto que, movido por su eterna curiosidad resolvió subir y descubrir a su dueño.
Lo que Antonio descubrió fue a un hombre joven, vestido con la indumentaria de un explorador, sentado sobre un objeto que parecía de madera, sosteniendo una libreta sobre su regazo, sobre la cual intentaba copiar a lápiz la figura tallada en la piedra que coronaba la plataforma sobre la cual se encontraban ambos: la figura de una deidad con cabellos en forma de serpientes, sosteniendo dos báculos también con forma de serpientes, rodeado de decenas de sirvientes alados.
La imagen debió haberle impresionado, puesto que dejó escapar un «¡oh!» al observar dicha representación grabada en la piedra. Y cómo debió de ser sonora su admiración, que el joven artista, que a su lado dibujaba, de absorto pasó a sorprendido por tamaña reacción…
— Do I really draw that bad?
— ¿Perdón?
La pregunta en inglés sacó a Antonio de su exaltación, por lo que no atinó más que a voltear hacia su interlocutor. No por no conocer el idioma inglés, puesto que Antonio estaba muy bien educado, sino por lo maravillado de su corazón, no entendió al momento lo que el joven le decía.
— Sorry, I’ll try to say it in spanish…
Impávido, el muchachito observó al artista detenidamente sin articular respuesta, como si no conociera su idioma. Los ojos profundos y azules del forastero explorador estaban llenos de paz, de calma, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo para esperar una respuesta. Y sin embargo no la esperó…
— Perdón, parece tu no gustas de mi dibujo, ¿correcto?
Sin perder los ojos en la mira, y arqueando las cejas como si lo que oyera resultara incomprensible, por la situación, Antonio permaneció por un par de segundos impávido… Y luego estalló en una carcajada que se propagó a derredor, logrando que varias cabezas giraran tratando de saber de dónde provenía.
— ¡No! ¡Tu dibujo está muy bien! Very good! A-mi-me-gusta. ¿Entiendes? A-mi-me-gusta.
El forastero, que le entendió muy bien, le correspondió con una sonrisa muy gentil, como evidenciando que para comunicarse dos personas, no son imprescindibles las palabras.
En medio de la sonrisa, Antonio descubre a sus compañeros reunirse y alejarse. Ambas comitivas se separan. Los varones y las muchachas toman caminos diferentes con sus respectivos guías, y toman el camino de la estación del tren, un kilómetro más adelante.
— ¡Adiós! — le dice Antonio llevándose la mano a la frente.
— ¡Hasta luego! — responde el forastero, con dulce mirada y suave voz.
Antonio sabe que no puede alejarse del grupo; los vientos del sur soplan con más fuerza en las últimas horas de la tarde; los rayos naranjas del sol queman los cabellos del joven artista que no deja de sonreírle. Tiene que partir.
Dejando detrás la fortaleza, al dios ancestral que sostiene los báculos en las manos, las corrientes del viento sureño, corre entre los pastizales secos del suelo, a reunirse con sus compañeros de internado.
II. El hechizo en la fortaleza
Miércoles 22 Agosto 2007 a 9:19 pm (Uncategorized)
I. Se abren las puertas
Miércoles 8 Agosto 2007 a 5:14 am (Uncategorized)
Antonio subió a su cuarto envuelto en lágrimas y sollozos. Una vez cerrada la puerta de su habitación, encendida la vela y cerrado el ventanal, tiróse sobre su cama y lloró.
Aún a su corta edad él podía entender lo que el destino le aguardaba: una vida sin rumbo, eterna, en movimiento y sin estabilidad.
De pronto unos golpecitos sonaron tras su puerta.
No hubo respuesta.
Nuevamente los delicados golpeteos.
— ¿Puedo entrar? — Dijo la madre de Antonio detrás de esa puerta.
— Si. — Respondió él con tono entrecortado.
La señora ingresó al cuarto, ataviada en su delantal a cuadritos celestes y se dirigió a Antonio; estrechóle en sus brazos con dulzura y, aferrándose a él susurró muy suavemente…
— Llora hijito, llora y déjalo salir.
De inmediato el llanto estalló desde el fondo de la garganta de Antonio, se expandió a sus brazos, quienes aferraron a su madre con mucha fuerza, y sus pestañas sirvieron de paraguas en contra del aguacero de lágrimas que se desparramaban sin control sobre sus mejillas coloradas.
— Sabes que aunque estemos separados, ¡siempre estaremos juntos en el corazón! — Dijo la madre.
«Y que tal vez nunca más nos volvamos a ver» pensó Antonio para sus adentros; y no, no lo pudo pronunciar, porque como bien creía Antonio, uno debe pronunciar las cosas que quiere que se hagan realidad.
Así permanecieron durante horas.
A la mañana siguiente el sonido de los cascos de un caballo, y el crujir de las ruedas de la carroza que éste jalaba retumbaron en sus oídos. La hora de la partida había llegado. Un aura azul envolvía toda la visión. La típica neblina húmeda y congelada limeña hería sus huesos. La ropa estaba ordenada a los pies de su cama. Los zapatos para usar durante el viaje estaban lustrosos y limpios. Una ruma moderadamente mediana de libros escolares, empaquetados dentro de un morral.
Luego del lento y perezoso aseo, el último desayuno familiar. Esta vez Antonio no podía levantar la mirada para ver la de su padre. Sus hermanitos no parecían comprender esta celebración tan fúnebre, así que correteaban alrededor de la mesa gritando y riéndose sin parar. El aura azul se ha transformado en un claroscuro de Caravaggio en el comedor del primer piso… Ya no hay rostros, ya no hay palabras, sólo la fría convicción de lo que ya está preparado.
— ¡Yo nunca pedí irme! — replicó el niño.
— ¡Pero es lo mejor para ti! — voceó su padre en el otro extremo de la mesa.
Golpeando brutalmente la gruesa mesa de tablones rústicos, y en medio de los platos y taza que ahora vuelan por los aires, Antonio coge su maletín y corre desesperadamente por el vestíbulo hacia la puerta de salida.
Esta puerta se abre, y el gélido aire matutino congela su cara: «vaya recibimiento, destino.»
Los padres han quedado dentro de la hacienda; los hermanos no han dejado de jugar; la carroza avanza a toda velocidad a través del bosque, con Antonio dentro, un niño de 10 años mordiendo los dientes.
La mirada fija en el vacío, el ceño fruncido convertido en piedra; los cabellos pardos agitados por la brisa, bailando rítmicamente al compás de los cascos equinos…
Lo siguiente era de esperarse en el inicio de una historia como esta: la vida en el internado para varones San Pedro será dura y difícil. La soledad le embarga los sentimientos y los ahoga. En el mundo del ahora y del deber, alejado de los sueños de libertad vividos en el ambiente de la hacienda, Antonio deberá pasar durante seis largos años por venturas y desventuras colegiales que, bueno, pertenecen a otra historia, y, tras su paso, dan lugar a la siguiente.
Aún a su corta edad él podía entender lo que el destino le aguardaba: una vida sin rumbo, eterna, en movimiento y sin estabilidad.
De pronto unos golpecitos sonaron tras su puerta.
No hubo respuesta.
Nuevamente los delicados golpeteos.
— ¿Puedo entrar? — Dijo la madre de Antonio detrás de esa puerta.
— Si. — Respondió él con tono entrecortado.
La señora ingresó al cuarto, ataviada en su delantal a cuadritos celestes y se dirigió a Antonio; estrechóle en sus brazos con dulzura y, aferrándose a él susurró muy suavemente…
— Llora hijito, llora y déjalo salir.
De inmediato el llanto estalló desde el fondo de la garganta de Antonio, se expandió a sus brazos, quienes aferraron a su madre con mucha fuerza, y sus pestañas sirvieron de paraguas en contra del aguacero de lágrimas que se desparramaban sin control sobre sus mejillas coloradas.
— Sabes que aunque estemos separados, ¡siempre estaremos juntos en el corazón! — Dijo la madre.
«Y que tal vez nunca más nos volvamos a ver» pensó Antonio para sus adentros; y no, no lo pudo pronunciar, porque como bien creía Antonio, uno debe pronunciar las cosas que quiere que se hagan realidad.
Así permanecieron durante horas.
A la mañana siguiente el sonido de los cascos de un caballo, y el crujir de las ruedas de la carroza que éste jalaba retumbaron en sus oídos. La hora de la partida había llegado. Un aura azul envolvía toda la visión. La típica neblina húmeda y congelada limeña hería sus huesos. La ropa estaba ordenada a los pies de su cama. Los zapatos para usar durante el viaje estaban lustrosos y limpios. Una ruma moderadamente mediana de libros escolares, empaquetados dentro de un morral.
Luego del lento y perezoso aseo, el último desayuno familiar. Esta vez Antonio no podía levantar la mirada para ver la de su padre. Sus hermanitos no parecían comprender esta celebración tan fúnebre, así que correteaban alrededor de la mesa gritando y riéndose sin parar. El aura azul se ha transformado en un claroscuro de Caravaggio en el comedor del primer piso… Ya no hay rostros, ya no hay palabras, sólo la fría convicción de lo que ya está preparado.
— ¡Yo nunca pedí irme! — replicó el niño.
— ¡Pero es lo mejor para ti! — voceó su padre en el otro extremo de la mesa.
Golpeando brutalmente la gruesa mesa de tablones rústicos, y en medio de los platos y taza que ahora vuelan por los aires, Antonio coge su maletín y corre desesperadamente por el vestíbulo hacia la puerta de salida.
Esta puerta se abre, y el gélido aire matutino congela su cara: «vaya recibimiento, destino.»
Los padres han quedado dentro de la hacienda; los hermanos no han dejado de jugar; la carroza avanza a toda velocidad a través del bosque, con Antonio dentro, un niño de 10 años mordiendo los dientes.
La mirada fija en el vacío, el ceño fruncido convertido en piedra; los cabellos pardos agitados por la brisa, bailando rítmicamente al compás de los cascos equinos…
Lo siguiente era de esperarse en el inicio de una historia como esta: la vida en el internado para varones San Pedro será dura y difícil. La soledad le embarga los sentimientos y los ahoga. En el mundo del ahora y del deber, alejado de los sueños de libertad vividos en el ambiente de la hacienda, Antonio deberá pasar durante seis largos años por venturas y desventuras colegiales que, bueno, pertenecen a otra historia, y, tras su paso, dan lugar a la siguiente.
La nave
Jueves 15 Marzo 2007 a 11:21 pm (Uncategorized)
Una línea gris muy delgada que se abre poco a poco hasta mostrar el mundo en su forma. Los ojos de Jorge observan poco a poco, reconocen el lugar en donde está echado. Hace frío; tiene hambre. Está pálido. Todo está, además, pálido.
—¿Miguel?
Ninguna respuesta.
—¿Miguel?
Nada.
Jorge se incorpora lentamente, y haciendo mucho esfuerzo consigue caminar hacia la cabina de navegación. Vacía. Luego baja al depósito. No hay nadie. Llama a las puertas de los camarotes. Nada aún. En el almacén toda la reserva está podrida, y produce un repulsivo olor.
—¿Miguel? ¡¿Miguel?!
La voz de Jorge se quiebra, comienza a sonar desesperada. Sus pasos adoloridos cobran fuerza y frenesí. Recorren todo el espacio gris. El espacio velado por la niebla, que no deja ver el agua sobre la cual flota la nave siquiera. No hay nada, no hay realidad.
“¡¿Qué voy a hacer?! ¡¿Qué voy a hacer ahora?!” Los sollozos se apoderan del joven hombre. Con sus dedos acaricia su oscura y tupida barba crecida. Sus ojos cerrados arrugan la piel de sus párpados, como si quisieran envolverse en ellos como si fueran cobijas protectoras. La piel quemada, húmeda en su superficie, pero rígida y seca debajo de ella. Las uñas, largas, crecidas; depósitos de inmundicia. Jorge se da cuenta que ha dormido demasiado tiempo. Él lo sabe, sólo que no sabe cómo.
“¿Voy a tener que suicidarme?” se pregunta. “¡No! Seguro que hay alguna salida”, se repite, una y otra vez tratando de darse ánimo.
Horas más tarde él siente que la velocidad de la marcha se acelera considerablemente.La brisa nebulosa azota la piel de su rostro con furia. La nave avanza sola y a toda velocidad, como si estuviera viva. Como si hubiera decidido llegar hacia algún lugar, sencillamente porque lo decidió así.
Momentos después, el crujir intenso desde la base de madera resuena sobre la presencia ausente de los sonidos.
¡CRAC!
Al detenerse tan intempestivamente, Jorge vuela por el aire para terminar estampado contra una columna de seguridad. Mientras la sangre cubre sus desorbitados ojos, el agua helada del mar cubre rápidamente la cubierta.
—¡No quiero morir!— grita Jorge desesperado; él sabe que encayar enmedio del mar es sinónimo de muerte.
—¡No!
El agua entra ahora con tanta fuerza que desprende los adornos de las paredes; deshoja el ajado empapelado de la cabina, arrastra al aterrorizado Jorge de un lado al otro de la cubierta.
¡CRAC! suena un segundo y crujiente golpe. Jorge es sacudido por la inercia y es lanzado por los aires para terminar en medio del mar, a unos metros de la cubierta, ahora sumergida bajo el agua, produciendo ruidos estrepitosos mientras la estructura que soportaba es invadida por el violento y helado líquido.
Tragando agua y tosiéndola con todas sus fuerzas, Jorge logra emitir primero un sonido sordo; luego este sonido se convierte en un grito desesperado que transita por el miedo, por la bruma, por la furia… Este grito resuena entre la nada y devuelve un eco inexistente, posible, gris, nuboso… Los pies de Jorge se apoyan inesperadamente sobre arena.
—¿Miguel?
Ninguna respuesta.
—¿Miguel?
Nada.
Jorge se incorpora lentamente, y haciendo mucho esfuerzo consigue caminar hacia la cabina de navegación. Vacía. Luego baja al depósito. No hay nadie. Llama a las puertas de los camarotes. Nada aún. En el almacén toda la reserva está podrida, y produce un repulsivo olor.
—¿Miguel? ¡¿Miguel?!
La voz de Jorge se quiebra, comienza a sonar desesperada. Sus pasos adoloridos cobran fuerza y frenesí. Recorren todo el espacio gris. El espacio velado por la niebla, que no deja ver el agua sobre la cual flota la nave siquiera. No hay nada, no hay realidad.
“¡¿Qué voy a hacer?! ¡¿Qué voy a hacer ahora?!” Los sollozos se apoderan del joven hombre. Con sus dedos acaricia su oscura y tupida barba crecida. Sus ojos cerrados arrugan la piel de sus párpados, como si quisieran envolverse en ellos como si fueran cobijas protectoras. La piel quemada, húmeda en su superficie, pero rígida y seca debajo de ella. Las uñas, largas, crecidas; depósitos de inmundicia. Jorge se da cuenta que ha dormido demasiado tiempo. Él lo sabe, sólo que no sabe cómo.
“¿Voy a tener que suicidarme?” se pregunta. “¡No! Seguro que hay alguna salida”, se repite, una y otra vez tratando de darse ánimo.
Horas más tarde él siente que la velocidad de la marcha se acelera considerablemente.La brisa nebulosa azota la piel de su rostro con furia. La nave avanza sola y a toda velocidad, como si estuviera viva. Como si hubiera decidido llegar hacia algún lugar, sencillamente porque lo decidió así.
Momentos después, el crujir intenso desde la base de madera resuena sobre la presencia ausente de los sonidos.
¡CRAC!
Al detenerse tan intempestivamente, Jorge vuela por el aire para terminar estampado contra una columna de seguridad. Mientras la sangre cubre sus desorbitados ojos, el agua helada del mar cubre rápidamente la cubierta.
—¡No quiero morir!— grita Jorge desesperado; él sabe que encayar enmedio del mar es sinónimo de muerte.
—¡No!
El agua entra ahora con tanta fuerza que desprende los adornos de las paredes; deshoja el ajado empapelado de la cabina, arrastra al aterrorizado Jorge de un lado al otro de la cubierta.
¡CRAC! suena un segundo y crujiente golpe. Jorge es sacudido por la inercia y es lanzado por los aires para terminar en medio del mar, a unos metros de la cubierta, ahora sumergida bajo el agua, produciendo ruidos estrepitosos mientras la estructura que soportaba es invadida por el violento y helado líquido.
Tragando agua y tosiéndola con todas sus fuerzas, Jorge logra emitir primero un sonido sordo; luego este sonido se convierte en un grito desesperado que transita por el miedo, por la bruma, por la furia… Este grito resuena entre la nada y devuelve un eco inexistente, posible, gris, nuboso… Los pies de Jorge se apoyan inesperadamente sobre arena.
